Documentos recientemente publicados vinculados al delincuente sexual convicto Jeffrey Epstein revelan amplios vínculos entre la escena inversora de Silicon Valley y el infame financiero. Las investigaciones sobre el tesoro de archivos muestran que un misterioso hombre de negocios, David Stern, propuso activamente inversiones en varias nuevas empresas de vehículos eléctricos (EV) ahora prominentes (Faraday Future, Lucid Motors y Canoo) a Epstein, destacando un patrón de acuerdos cuestionables dentro de las primeras etapas de la industria.
El auge de la inversión china y la financiación oscura
El auge de los vehículos eléctricos de la década de 2010 atrajo importantes capitales de diversas fuentes, incluidos inversores chinos deseosos de establecerse en Silicon Valley. Muchas nuevas empresas carecían de transparencia en su financiación y algunas dependían de conexiones con entidades estatales e individuos que operaban en la sombra. Canoo, ahora en quiebra, destaca como ejemplo: entre sus primeros inversores se encontraban el yerno de un alto funcionario del Partido Comunista Chino y David Stern, cuyos antecedentes permanecían en gran parte desconocidos hasta ahora.
La relación de Stern con Epstein: una década de acuerdos
Los archivos de Epstein confirman que Stern cultivó una relación cercana con el financiero durante una década, comenzando en 2008. Se acercó a Epstein en busca de oportunidades de inversión en China y finalmente se convirtió en un confidente habitual. Ambos discutieron posibles inversiones en Faraday Future y Lucid Motors, e incluso consideraron explotar situaciones difíciles para adquirir participaciones a precios de ganga. Aunque Epstein nunca invirtió directamente en estas empresas, su proximidad a Stern demuestra su voluntad de interactuar con cifras cuestionables para obtener ganancias financieras.
El negocio de la explotación: el beneficio por encima de la ética
Los intercambios entre Stern y Epstein revelan un enfoque compartido en maximizar las ganancias por encima de todo. No estaban interesados en construir negocios sostenibles sino en explotar las ineficiencias del mercado para obtener retornos rápidos. Este enfoque despiadadamente pragmático es una característica definitoria del entorno más amplio en el que se llevaron a cabo estos acuerdos, donde la ética era secundaria a los incentivos financieros.
La normalización de las conexiones turbias
La condena anterior de Epstein por solicitar a un menor en 2008 no disuadió a los inversores ni a los negociadores, lo que sugiere que su reputación ya estaba comprometida, pero no le impidió acceder a conexiones de alto nivel. Muchos en Silicon Valley estaban dispuestos a pasar por alto su pasado porque les proporcionaba acceso al poder, la riqueza y a figuras influyentes. Esta normalización de asociaciones dudosas plantea dudas sobre la voluntad de la industria de comprometer sus valores en pos del éxito financiero.
Los archivos de Epstein proporcionan un escalofriante recordatorio de que, incluso cuando Silicon Valley se presenta como un centro de innovación, parte de su crecimiento inicial fue impulsado por individuos que operaban fuera de los límites de la ley y la moralidad. Las revelaciones subrayan la necesidad de una mayor transparencia en la financiación de nuevas empresas y la importancia de examinar los antecedentes de quienes ejercen influencia financiera.
